Flores para tus Ratas



Deseo, con los ojos cerrados, que acaricies mi cabello con un peine que no lo jale. Debo decirte adiós, ¡oh, mi amada Nueva York! Gracias por convertirme en mujer. Debo despedirme mientras mi corazón agoniza y nuestros más lindos recuerdos se calcinan con el calor de mi fiebre mental. Déjame ir, pues mi soledad me duele. Déjame ir, que entre tus edificios no encuentro protección. Déjame ir, que estoy desnuda, llorando. Déjame ir, que necesito una transfusión de amor, y entre tus manzanas es demasiado costosa; mis pennies no alcanzan para pagarla. Debo prometerme algo: te pensaré toda la vida; no podré amar dos veces, pues amar así de intenso me llevaría a la muerte. Quédate con mi departamento, con mi cama, con mi trabajo; yo me iré con la frente en alto y te dejaré mi triunfo. ¿Recuerdas cuando llegué sin nada en las manos? Tus calles me cobijaron, y tú cuidabas mi sueño. Voy a dejarte la historia de una joven inmigrante que llegó con sed de éxito, logró el sueño americano, y se marchó. Lo siento, mi amada, pero debo irme; la mente me ha enfermado y ya no distingo si sueño dormida o despierta. Déjame ir, no me hagas más daño. Aquí, mi amada, ya no amanece el sol; han comenzado a amanecer dólares, tanto y tanto cash ha dañado y corrompido aquellos corazones y mentes que alguna vez saborearon la inocencia. Déjame ir, no me retengas más, no insistas. Quiero llevarme nuestros mejores recuerdos, quiero poder hablar de ti como una enamorada enceguecida. Sería una pena que en mi corta biografía quede la reseña de mi muerte en tus manos. Sería una pena mancharte así. Déjame ir con lo más hermoso de tu caos. Yo, por mi parte, te prometo que, en mi regreso, te traeré flores para tus ratas. Te amo, Nueva York.


                                                                                                                                    L.T.




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